viernes, 2 de abril de 2010

La santurrona





la fumadora de opio: la esquizofrénica virginidad

Una chica de aproximadamente 14 años, cagona, tímida y frágil, como todas las de su edad, se había casado con un (para nuestra concepción occidental) pedófilo de 45 años llamado José. Éste volvía agotado, la gran mayoría de los días, de su "trabajo" de carpintero alrededor de las 5 de la tarde. Las manos ásperas de José, percudidas por el trabajo diario, y astilladas lastimaban las rodillas de la pequeña, cuando ésta le traía la comida calentada en una bandeja de metal que se hallaba por encima de unos troncos prendidos fuegos. Con su voz temblorosa, adiezmada y socavada por una cultura, que no le asentaba tan bien como esos senos semi desarrollados deseosos por los labios del carpintero, decía: "espero que no esté tan fría, querido"; su barba pinchuda, espinosa, hiriente, la rozaba por la piel de las mejillas de esta muchacha mientras le susurraba al oído repleto de arena que se había escabullido por el viento arenoso en un recorrido para buscar ese jugoso carnero del corral, "mientras esté tierno y joven, no importa qué temperatura tenga" . Esos eran indicios para María, esta joven, de lo que le esperaría alguna noche de desenfreno sexual que el marido le imponga-ponga-saque. Retorcidamente la mente adolescente de María no podía imaginar qué era el sexo. Era considerado tabú entre su cultura hablar de dicho tema; sin embargo, mientras José trabajaba en el taller con su amigo Judas, María se apuraba a limpiar la casa para juntarse con su igualmente pequeña amiga, Magdalena: ella era una jovencita casada desde los 10 años con un proxeneta de su barrio, que probablemente la había "adquirido" para usarla en el negocio y ganar más dinero, ya que la belleza de Magdalena y la situación económica eran inversamente proporcionales.
María y Magdalena una tarde después del comentario de José previamente citado, comenzaron a hablar de sexo: Magda, de previa experiencia en el ámbito le contaba a María que la virginidad no era algo especial, sino que era algo necesario de romper, para evitar el sufrimiento de "la primera vez". María, expectante a las palabras de su amiga, comenzó a tener miedo, como a todo lo que causaba sufrimiento, una relación lógica instintiva bastante razonable. El instante previo al sufrimiento era el que más dolor causaba, por la incertidumbre y luego por la sensación de registro de dolor que se produce en el cerebro. Magda, se compadeció de la virginidad de María y le dijo que era algo que debía sucederle a todas las mujeres con fin de reproducir su especie, sin embargo, considerando las características de la personalidad de María, su amiga le dio un paquetito y una botella con dos caños que sobresalían de ella (una pipa de agua) y le recomendó que solo lo usara cuando estuviera lista para experimentar nuevas cosas y que en ese momento de éxtasis la desvirgacion no sería tan dolorosa, que le quitaría el miedo y que le borraría de la mente todo recuerdo dañino .
Dos noches después, un 30 de Marzo del año de nuestra actualidad, [recordemos las distintas proyecciones y diferentes cambios de la concepción del tiempo a lo largo de la historia] José llega del taller con un olor nauseabundo, pestilente, sumamente apreciable ese olor a mezcla de alcohol a unas dos o tres cuadras. ¿Cuál era el objeto de un reproche a un ebrio? ninguno, por ende, María decidió preguntarle qué quería para cenar, para ganar tiempo y evitar esa situación fumando lo que su amiga le había dado. José pidió gallina hervida y miel, con agua. María, en su típica actitud sumisa, se envolvió el pelo, se tapó las orejas, se calzó y con un prisa solo entendible para quienes quieren ganar tiempo para realizar otra acción, corrió hacia el gallinero para elegir la más gorda de las aves, mientras en la esquina del mismo gallinero, sacaba su botellita y su paquetito de un bolsillo interno del vestido. Se colocó en cunclillas, sacó un montoncito de paja de abajo del culo de una gallina, la introdujo con cuidado, pero con precaución en la lámpara de kerosene que tenía, prendió el contenido del paquete, relacionándolo con la botella de manera profesional, tal como Magda le había explicado. Fumó. Una y otra vez sintió el humo recorrer sus pulmones, la tos la dejó más mareada de lo que el efecto causaría. Decidió que estaba lista, relajada y preparada para enfrentar al marido borracho, hambriento y sexópata con el que había contraído matrimonio. !Y vaya suerte la de la niña María¡. Agarró una gallina y se hechó al vuelo entre la oscuridad del camino hasta su morada para hervirla en una cacerola de agua de lluvia. Los movimientos de la pequeña eran más torpes de lo común, su cara estaba transformada por el opio (sí, la catorceñera había fumado opio para ahorrarse el disgusto de ver a su mayor esposo ebrio), pero su velocidad se incrementaba. José, mientras María desplumaba la gallina, rozaba su entrepierna haciéndose el desentendido en un abrazo capcioso de placer.
La pequeña catorceañera no podía olvidar el gran bulto de su abusador pactado que lo apoyaba en su trasero mientras ella se hacía la dulce bebé dormida, pero no podía dormir, todas las noches previas a ese instante. Mientras miraba por un agujero en la pared, que simulaba una ventana, el marido le levantaba el vestido, ostentando su miembro, como pavo real ostenta sus plumas, y en una danza de sangre, lágrimas, esperma, sudor y gritos, María fue desvirgada sin objeción alguna gracias al paquetito magdalénico. Entre la acabada de José y los llantos de impresión de María, divisaba una llamarada espectacular: se había olvidado de apagar el manojo de paja que había utilizado para fumar, y todo el gallinero ardió, y en la confabulación de cacareos, humo, animales incinerados volando para escapar, María se deleitaba visualmente, mientras corporalmente era desvirgada, ebriamente desvirgada. Ese espectáculo dio lugar a cualquier alteración de la realidad, como si fuera sagrado ese episodio, era algo impactante para cualquier adolescente: la sátira neoyorquina de la desvirgación atacada visualmente por la pirotecnia.
Y sirvió la comida, como si nada hubiera sucedido, como si fuera una noche más normal de lo que era desplumar una gallina para una cena: la gallina estaba en su punto justo, la miel no tan dulce y el agua con un poco de óxido. Mientras José comía, y al mismo tiempo sufría los efectos somnolientos del etílico, María aprovechaba su inspiración opiosa para escribir lo que sentía en ese cuero de carnero que había dejado unos días atrás secándose en el exterior de la casa. Y comenzó a escribir, a escribir sobre sus sueños, sobre sus deseos y esperanzas, algo que podría ser interpretado como el primer diario íntimo metafórico de la historia.
Su estado de éxtasis, alucinación, y una muy poca satisfacción sexual, indujo a que toda esa situación sea un punto de partida para una mentira soberbia, una perfecta mentira en la que todo podría encajar.


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