miércoles, 4 de noviembre de 2009

intolerantes

Si bien podemos hablar de la intolerancia como un sentimiento latente en estos días, cabe destacar que, al hablar de ésta, me refiero al constante prejuicio social que se ejerce en la sociedad por no poder expresarse libremente uno como es por el temor social que implica esa libertad. Es irrefutable, la relación libertad – intolerancia, ya que una negación de la primera, genera la segunda. En ámbitos religiosos y políticos es mucho más evidente, ya que se puede observar esto desde una perspectiva más objetiva. Sin embargo, en la sociedad, la intolerancia fluye a flor de piel por un resentimiento económico que se genera por la división de estratos sociales: se puede ver que las personas de clase alta no toleran a las personas de clase baja, y viceversa.

La intolerancia ha trascendido milenios por ser una característica del ser humano. Éste, como animal racional en términos de Aristóteles, siempre generó una competencia con sus pares para tomar el poder y elevarse entre ellos, distinguiéndose de los mismos. Esta distinción en general, se produce por la necesidad de diferenciarse uno de otros, algo llamado sentido de pertenencia y origen. A pesar de esto, los medios de comunicación, publicidades, e incluso la familia con, educación sexista (distinguiendo lo masculino y lo femenino para la diferenciación de género) amplían esta capacidad de distinción, y la competencia con los pares se hace más agesiva. Los medios de comunicación causan un sentimiento de reproche hacia autoridades, sean religiosas, políticas, o lo que fueran: siempre tienen que reprochar algo para poder crear puntos de rating. Las publicidades generan el sentimiento de ambición, lo cual se plasma en la envidia y de ahí se deriva ese sentimiento a la intolerancia hacia las personas que poseen cosas que otros no (así sucede con lo material, como en lo espiritual)